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sábado, 17 de enero de 2009

El triste rodar de Aerofagio Bemoles ( y XV)

Esta es la actual situación de nuestro protagonista, lógico epígono de generaciones de vagos y maleantes sin más oficio que la picaresca y más beneficio que la delicuencia, siempre a la sombra de curas o militares, los grandes cánceres de cualquier sociedad. No es Aerofagio Bemoles un caso singular en la sociedad española, son muchos los que añoran tiempos pasados argumentando que no hay que confundir libertad con libertinaje y no pocos los que, en cuanto se rasca un poco, exaltan con grandilocuencia los logros del régimen anterior. Nuestro protagonista puede haber tenido mala suerte y se encuentra hoy rodando tristemente de empleo en empleo, pero los hay que giran a nuestro alrededor, y siguen siendo preminentes personajes con gran influencias social: ministros, diputados, presidentes de bancos, obispos y cardenales. Y no tienen un pedigrée muy diferente del de Aerofagio . Hace ya muchos años, un singular poeta español, antes de que los cantautores existieran escribió:



Este hombre no es de ayer

ni de mañana,

sino de nunca,

de la cepa hispana.

No es un fruto maduro

ni prodido,

es una fruta vana

de aquella España

que pasó y no ha sido.

Esa que hoy tiene la cabeza cana.



Aclaración final: Excepto los de los miembros de la familia Bemoles, y los evidentemente históricos, todos los nombres pertenecen a la imaginación del autor.

jueves, 15 de enero de 2009

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (XIV)

Cuando la madre de Aerofagio, harta de aguantar las cogorzas y sobre todo la impotentia coeundi derivada de la impotentia erigendi, a su vez provocada por el continuado abuso del alcohol, puso las maletas de su padre en la calle, a pesar de que el piso de la calle de Leganitos era propiedad privativa de Vituperio era también el domicilio conyugal, su vida pudo cambiar, y sin embargo no lo hizo. En aquellos momentos, a pesar de que era ya mayor de edad, terminaba a trancas y barrancas el llamado Bachillerato Unificado Polivalente, y su madre, decidida a decir todas las verdades que no había podido antes, ya le había comunicado de forma clara y contundente que su futuro le importaba un bledo, y considerándolo como lo consideraba un perfecto aspirante a fracasado, y siendo ya mayor de edad, daba por rota con él toda relación afectiva y emocional, y una vez que reanudó su vida sentimental, volvió a casarse y a tener hijos que nada tenían que ver con el apellido Bemoles, se desinteresó absolutamente de Aerofagio, dejándolo sólo en el piso de Leganitos. Con su padre ni siquiera intentó el más mínimo acercamiento puesto que suponía, acertadamente, que la opinión que tenía su padre de él era aún peor que la que tenía su madre, aunque, mientras vivió, recibió, porque la ley le obligaba, una pensión alimenticia de su progenitor que le permitió malvivir. Fue cuando murió su padre, y se acabó con su muerte la fuente de ingresos, cuando se percató de la inmensa soledad en la que se encontraba. Sin familia, sin amigos, sin recursos y sin trabajo, con inteligencia limitada y escaso don de gentes, el futuro de Aerofagio se presentaba, siendo benévolo, como un tanto sombrío. Por otra parte, la situación de la sociedad española era distinta a la que había permitido a sus antepasados campar a sus anchas, y si bien los gobiernos presididos por un abogado sevillano habían dado lugar a una innumerable cantidad de corruptelas, no es menos cierto que la sociedad había generado una serie de mecanismos de control que hacían más difíciles los abusos y chapuzas de épocas anteriores, y además los Bemoles habían abandonado de forma definitiva los círculos cercanos al poder. No había heredado de su estirpe la facilidad para sacar partido de situaciones turbias y complicadas, por lo que tuvo que buscar trabajos que se adecuaran a su forma de ser y no le fue en absoluto sencillo. Dado el rechazo que provocaba en los demás tenía que buscar cosas en las que las relaciones humanas se redujeran a lo imprescindible. Cuando encontró ocupación en una funeraria creía que, por fín, había encontrado su empleo ideal puesto que los clientes principales tendían, dado su estado de cadáveres, eran poco dados a sentir la habitual repugnancia que sentía cualquier miembro del género humano en su presencia. De hecho él los trataba, a los muertos, con gran cariño y afecto, pero en seguida empezaron a surgir problemas dado que los finados solían tener familia y era con los familiares con los que surgía el conflicto. Tiene el temperamento mediterráneo un trato muy particular con los restos mortales de aquellos que nos abandonado, generalmente contra su voluntad, y es muy natural que, antes en el domicilio del finado y en la actualidad en unos asépticos edificios llamados pomposamente tanatorios, mientras el cadáver espera su definitivo destino, se organicen tertulias y corrillos, generalmente muy animados y dicharacheros, en los que se cuentan chistes, se refieren anécdotas e incluso se cierran negocios y transacciones. Era aparecer Aerofagio , para lo más nimio, introducir una corona de flores o cambiar una vela a punto de terminar, y cesaban los corrillos se apagaban las risas y murmullos y se ponía todo el mundo a llorar y patalear. En esas condiciones la empresa para la que trabajaba empezó a perder clientes, no porque hubiera habido una modificación sustancial en lo que los demógrafos llaman el Movimiento natural de la Población, sino porque las familias de los fiambres, puestas a pasar el inevitable mal trago, preferían hacerlo al modo tradicional aplicando el dicho de el muerto al hoyo y el vivo al bollo. La tristeza de Aerofagio terminó con su empleo de funerario.

martes, 13 de enero de 2009

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (XIII)

Por diferentes razones, tanto el padre como la madre culpaban a Aerofagio de que la familia Bemoles fuera una familia de esas que en la actualidad aclaman cada 28 de diciembre en la plaza de Colón, millones y millones de españoles, de forma, por otra parte, milagrosa, ya que en la plaza difícilmente caben doscientas mil personas. Tuvo, pués, una infancia triste y ni siquiera al comenzar a ir al colegio mejoró su vida social, su popularidad entre sus compañeros era prácticamente nula. En los juegos de cualquier índole indefectíblemente la ligaba el primero, y con frecuencia era el único que lo hacía a lo largo de todo el juego. Y cuando se trataba de jugar al fútbol la situación no mejoraba en absoluto, era sistemáticamente el último en ser escogido cuando los capitanes (generalmente los dos jugadores más diestros) echaban a pies, una especie de sorteo que permitía al que ganaba (que hacía monta y cabe) escoger primero para continuar luego de forma alterna. Llegaron a tomar como norma que el equipo que cargaba con él partía con tres goles de ventaja, a pesar de lo cual casi siempre perdían , y el momento definitivo en el que decidió abandonar la práctica de ese deporte, y en realidad de todos los deportes, se dió cuando sus compañeros decidieron hacer un experimento sociológico, sin saber que lo era. Juntaron a los buenos en un equipo y a los mediocres en otro, se sumó Aerofagio al equipo de los buenos con la consigna imperativa de no tocar el balón en ningún momento. A pesar de partir con los tradicionales goles de ventaja pedieron miserablemente. En los estudios tampoco era una lumbrera, pero como en la época se había reformado completamente el sistema educativo haciéndolo obligatorio hasta los catorce años (lo que se llamó Educación General Básica ) mal que bien iba pasando los cursos. Cuando estaba comenzando su sexto curso de EGB un acontecimiento sacudió España, y también, pero no demasiado, su casa: la muerte del Caudillo. El instinto e conservación del que hizo gala su padre a lo largo de toda su vida, le había advertido hacía ya algunos años del imparable deterioro físico y mental del que, desde el palacio del Pardo, regía los destinos del Estado, pero el llanto a moco tendido del centinela de Occidente en el funeral del que había sido su mano derecha, enviado a los cielos por correo aéreo por una organización nacionalista vasca que durante meses había montado un escandaloso operativo en la calle Claudio Cuello, sin que nadie les molestase en absoluto, encendió todas las alarmas en Vituperio, que intuyó que su papel en el TOP, no era el mejor pasaporte para afrontar tiempos nuevos. Por otra parte su absoluta ineptitud para algo que no fuera trasegar enormes cantidades de bebidas alcohólicas, el aperito concupiscente le había abandonado definitivamente, no facilitaba la tarea de buscarse otra ocupación, pero al fin la encontró en una organización que tenía el recorrido marcado, pero que le podría servir para ir lavando su pasado, y esa organización no fue otra que la Organización Sindical, conocida en la calle como el Verticato. De manera que se retiró honrosamente del ejército, del que siguió cobrando en concepto de derechos pasivos, y se aposentó como asesor jurídico en el Sindicato de Actividades Diversas. Como para esa época los empresarios negociaban ya directamente con los sindicatos ilegales, cada vez más representativos, dejando al margen los oficiales, Vituperio jamás tuvo que pasar apuro alguno por su total desconocimiento de la legislación laboral. Fagio apenas notó como su padre dejaba de hablar de glorias pasadas para hablar de un futuro que tenia que ser diferente. Cuando Juan Carlos I , el rey nuestro señor, nombró a un apuesto ex director general de TVE, y ex gobernador civil de Segovia, como presidente del gobierno llegó a emocionarse. Como lo hizo cuando presentó la ley de Reforma política ante las Cortes, cuando legalizó al Partido Comunista, y cuando convocó elecciones. Vituperio Bemoles se había convertido en convencido demócrata, y cuando la UCD naufragó no dudó en afiliarse a Alianza Popular, para apostar por el viaje al Centro que supuso su refundación en Partido Popular, un partido de centro reformista, como lo había sido siempre él, un partido sin pasado por el que avergonzarse y que sólo mira al futuro. En el terreno ¿profesional?, las cosas tampoco le fueron mal, cuando desapareció la AISS, que había heredado lo que quedaba de la vieja Organización Sindical, pasó al Ministerio de Cultura y Bienestar Social con nivel de Subdirector General, y si no llegó a jubilarse ahí, fue por que sus malas prácticas acabaron pasándole factura, y la cirrosis hizo acto de presencia llevándosele a descansar en el señor sin cumplir los cincuenta y cinco, tras una cruel y larga agonía, en la que, eso sí, tuvo tiempo sobrado de ponerse a bien con Dios (ya hemos visto antes las grandísimas ventajas que tiene el ser católico). Murió solo, eso sí, porque su mujer fue de las primeras en solicitar el divorcio, y se convirtió en una destacada militante del refundado PP, posteriormente volvió a contraer matrimonio, por la Iglesia como Dios manda, y hoy es una feroz defensora de la familia como célula básica de la sociedad, y Aerofagio ¿Qué fue de él en esta época?

domingo, 11 de enero de 2009

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (XII)

La llegada de Aerofagio al hogar de los Bemoles trastocó la relativa estabilidad emocional que había adquirido Vituperio. No había resultado precisamente una pacata la hija del comandante en cuanto a juegos de cama se refiere, asumió con naturalidad y deleite todo lo que su esposo había aprendido y practicado en su disipada vida de soltero, además no lo hizo como una obligación impuesta por el sacramento del matrimonio sino de buen grado y sometiendo a su marido a un tute en el que no siempre estaba a la altura de las circunstancias. Había mejorado el carácter del capitán Bemoles y en el Tribunal de Orden Público (nueva denominación del especial para la represión de la masonería y el comunismo) las condenas a muerte, e incluso las de reclusión a 30 años y un dia, bajaron hasta casi desaparecer, convirtiéndose en casi excepcionales. No todo era atribuible al nuevo estado de Tupe, mucho tuvo que ver el nuevo contexto internacional en el que se movía España, y de hecho el asesinato revestido de condena a muerte de un dirigente comunista previamente torturado había tenido tanta repercusión internacional que el régimen se mostró no más compasivo, pero si más cauto. Repercusión excesiva, a decir del capitán Bemoles, pues el ministro de Información y Turismo, un gallego de impetuoso carácter que presumía de ser número uno en las numerosas oposiciones a las que se había presentado, no sabemos si aplicando los métodos de Vituperio pues también él se presentaba con camisa azul a los exámenes, había explicado a todo el mundo cuales habían sido los crímenes de este "caballerete", que condujeron a que el Consejo de Ministros, con su firma incluída, diese el correspondiente enterado. En las últimas semanas del embarazo la actividad afectiva del matrimonio bajo ostensiblemente, a pesar de que la dulce, y ardiente, esposa del militar atendió todo lo que pudo sus deseos, por más que algunas de las prácticas estaban a buen seguro condenadas por la Santa Madre Iglesia, empeñada en condenar todo aquello que pueda ser grato para los hombres, y sobre todo para las mujeres, con el extraño argumento de querer salvarlos. Su evidente cansancio producido por su gravidez la hacía que quedarse dormida, incluso cuando manipulaba la virilidad de su esposo, lo cual producía en Tupe una inconmesurable ansiedad e irritación. Esperaba el militar que las cosas volvieran a lo que fueron una vez que hubiera nacido su vástago, y es probable que así hubiera sido de haber tenido un poco paciencia, pero su desconocimiento de la sexualidad femenina era absoluto, por más que hubiera yacido con centenares de mujeres ya que siempre buscó de forma exclusiva su propia satisfacción (este desconocimiento no es exclusivo de Vituperio Bemoles o de los hombres de la época , sino que se extiende hasta hoy en porcentaje nada desdeñable de la población masculina). No supo comprender la recomposición hormonal que necesariamente tenía que producirse en su mujer, no le gustaron nada los cambios físicos que en ella se produjeron y lo que definitivamente le sacó de quicio fue el , a su juicio, excesivo tiempo que le dedicaba al recien llegado Aerofagio, del que llegó a sentir auténticos celos cada vez que se enchufaba al pecho de su madre, en otro tiempo de su exclusivo disfrute. De forma paulatina pero continuada fue retomando sus pasadas costumbres, retrasando su llegada al hogar,cada vez de peor humor, pues cada vez la bebida le sentaba peor, además de reducirle de forma alarmante su, otrora inagotable, capacidad amatoria conduciéndole a más de un ridículo, en forma de gatillazo, en alguno de los garitos que frecuentaba. Cuando la normalidad regresó al hogar, en la que a la integración del niño en la rutina doméstica y recomposición física de la madre se refiere, intentó la esposa acercarse de nuevo a su marido, pero como éste regresaba la práctica totalidad de los dias beodo, una numerosa sucesión de los antes citados gatillazos rompió de forma definitiva los lazos afectivos de la pareja. Ello produjo en la señora Bemoles una profunda depresión y un notable sentimiento de frustración, entre otras cosas porque echaba de menos aquellas divertidas actividades con las que había iniciado su matrimonio. Como por casualidad, una mañana que andaba limpiando el mueble aparador del comedor, vió una botella abierta de anis Castellana , y como tantas veces había visto hacer a su marido se sirvió una copa, y de inmediato una desconocida sensación de bienestar recorrió su cuerpo, llenándola de un optimismo que jamás había sentido. Se cambió de ropa y bajó, como de costumbre, a hacer las compras cotidianas, aprovechando que Fagio (era inevitable el diminutivo) dormía después de comer, pero en esta ocasión en vez de subir ella la compra casa, solicitó los servicios del recadero de la tienda de Ultramarinos, un mocetón recien llegado de su pueblo (da lo mismo el pueblo en cuestión) que todavía no había entrado en quintas. Nunca más volvió a subir la compra ella misma, y cuando no era el mozo de ultramarinos, era el carnicero, el pescadero o el panadero el que realizaba el servicio, lo que sirvió entre otras cosas para que en casa de los Bemoles se consumieran siempre artículos de una calidad a la que nunca podría acceder el estipendio del ya comandante Bemoles.
Sin duda el peor día de la semana era el domingo, pues por la mañana no tenía acceso, al estar presente su marido, a la botella de anis Castellana, más que nada porque la acaparaba él, y por la tarde, cuando él se iba a la tertulia ella no se atrevía, siempre fue bebedora clandestina y matinal, por si los efectos de los chupitos no se habían disipado cuando regresara el militar. En este ambiente tan poco acogedor comenzó el triste rodar de Aerofagio Bemoles.

viernes, 9 de enero de 2009

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (XI)

Trabajaba, es una forma de hablar, junto con Vituperio un orondo comandante que no pertenecía sensu strictu a la escala jurídica militar, de hecho ni era abogado, ni tenía porque disimular para parecerlo. Había hecho sus méritos militares en la pasada, pero muy presente, guerra civil, en la que acabó con el grado de sargento provisional, para reciclarse después a oficial. Era pués notablemente mayor en edad que Vituperio, y de hecho tenía una hija en edad de merecer, lo que provocó el acercamiento del ya capitán Bemoles. Se dedicaba este aventajado chusquero a lo que era la organización propiamente militar de las dependencias que ocupaba él servicio jurídico, de ahí que no le fuera necesaria ninguna clase de formación legal. Se trataba de un individuo peculiar puesto que además de manifestar de forma clara e inequívoca su lealtad, respeto y admiración por el Caudillo, se definía como monárquico furibundo, algo no muy popular en aquella época. En efecto, desde la muerte de Alfonso XIII, el rey nuestro señor, el trono estaba vacante, a pesar de que España era oficialmente un reino, y la jefatura del Estado la ocupaba quien la ocupaba. Se había instalado en Estoril uno de los hijos del monarca depuesto en 1931, que se consideraba heredero, casi de rebote pues sus hermanos mayores, con mayores derechos que él según la particular forma que tienen las monarquías de organizar las herencias, habían renunciado a ellos de buen grado u obligados, de su padre e intentaba ser reconocido como Juan III, algo que solo hicieron un reducido grupo de aristócratas sin oficio ni beneficio, dramaturgos de medio pelo, puteros y borrachines que este señor bautizó, pomposamente, como su consejo privado. Nuestro comandante, a pesar de su inasequible adhesión a la institución monárquica nunca se manifestó en favor de este individuo, conocido en todas los garitos de dudosa reputación, desde Valença do Minho hasta Faro, y no sabemos si también en el interior de Portugal, como un notable degustador de una popular bebida de origen celta, destilado a partir de cereales, pero también es verdad que tampoco se manifestó jamás en contra. Para él lo importante era la institución, y de hecho el estado español, expresión que acuñó el régimen y que tiene cierto predicamento entre supuestos nacionalistas periféricos que intentan obviar el nombre de España, funcionaba de facto como una monarquía absoluta, acaparando el Caudillo más poder que el pudieron tener en su día Carlos I o Felipe II siempre pendientes de que las Cortes de Castilla o de Aragón (España como realidad política no existía), les dotaran de fondos para sus incomprensibles aventuras guerreras. Había mandado el exiliado estoriliano a estudiar a España, bajo la atenta mirada del Caudillo, a su hijo Juán (Carlos ) de Borbón , con el objetivo de que se preparase, como príncipe de Asturias, para ser un día Juan IV, sin que se le pasase por la cabeza que su rubio y guapo retoño, le iba a hacer la envolvente para acabar convirtiéndose en Juan Carlos I, el rey nuestro señor. Gustaba el comandante de trasegar con frecuencia diversas bebidas de contenido variablemente alcohólico, desde el clásico vino español a la entonces muy popular cazalla. No alcanzaba, ni de lejos, su afición a la de Vituperio a quien muy bien podíamos considerar un auténtico profesional del trago, pero es que además cuando estaba un poco achispado fantaseaba, sin ser consciente de que se trataba de invenciones, con una supuesta hacienda, en su pueblo de origen, que le convertían, de hecho, en un terrateniente, y si estaba en el ejército lo era exclusivamente por lealtad al régimen del 18 de julio. Aquello atrajo mucho al capitán Bemoles , consciente de que algo de exageración había en el patrimonio del comandante, pero ignorante de que la exageración era casi absoluta, para de manera casi automática abandonar su pasado azul mahón y abrazar la bandera de los partidarios de la instauración de la monarquía del 18 de julio, y se atrevió a dar un paso más al afirmar que no debía ser el exiliado en Estoril, con evidentes concomitancias con el falaz liberalismo trasnochado, el que asumiera la responsabilidad del timón de la nave patria el día, ¡ójala lejano! en que nuestro Caudillo por la gracia de Dios, partiera a desempeñar otras empresas fuera de nuestro terrenal mundo, puede que su hijo, si comprendía bien el significado de los principios que informan el Movimiento Nacional, y estaba dispuesto a jurarles fidelidad y a acatar su inalterabilidad fuese la persona adecuada, al fin y al cabo el Caudillo le estaba educando como al hijo que nunca tuvo. Años después, al ver jurar eso mismo al recien nombrado príncipe de España, el propio Vituperio se asombró de sus dotes premonitorias. Tan mesurados y reflexivos razonamientos abrieron las puertas de la casa del comandante, y no mucho después el noviazgo con su hija, una muchacha bien parecida y educada que apenas conocía el mundo. La boda, como todas las de postín, se celebró en Los Jerónimos, Vituperio fue elegantísimo con uniforme de gala y la novia estaba espectacularmente atractiva, no demasiados invitados, compañeros de armas del novio y el padrino prácticamente todos, y fue en el ágape posterior, celebrado en unas dependencias militares cercanas al, entonces, municipio de El Pardo, donde Tupe , así le llamó siempre su esposa rompiendo la tradición Bemoles en cuanto a diminutivos, se enteró, definitivamente aunque algo barruntaba, de la inexistencia de patrimonio alguno en su familia política. Estaba él cercano a cumplir treinta y un años mientras que ella apenas había cumplido veintiuno, se instalaron en el piso de la calle Leganitos, y los primeros tiempos del matrimonio casi podíamos considerarlos felices, y hasta dejó Vituperio, aunque nunca del todo, de beber como un cosaco. Por fín y el mismo dia que un ferrolano doblegaba a Rusia y conseguía la copa de Europa, mediante un testarazo que dejó perplejo al portero soviético, Yashin, la araña negra, en la catedral de Chamartín y en presencia de otro ferrolano, nacía Aerofagio Bemoles.

miércoles, 7 de enero de 2009

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (X)

El dinero obtenido por la pignoración de los bienes hereditarios no duró mucho en los bolsillos de Vituperio y casi podríamos decir que aquí acaba el poderío económico de los Bemoles, y aunque sería a todas luces injusto achacarle a él la absoluta responsabilidad de lo ocurrido, no es menos cierto que su conducta, tan alejada de los cánones marcados por su padre, hizo má fácil para éste entregar las riendas de los negocios, primero, y la práctica totalidad de su patrimonio, después, sin que la conciencia le remordiera lo más mínimo pensando en el futuro de su hijo. El relativo cambio, sólo en aspectos formales, del régimen del 18 de julio, pués ese fue su nombre hasta su final, sustituyendo el azul mahón de las camisas por el negro inciensado de las sotanas, que siempre había tenido gran influencia por otra parte no siendo pocos los mosenes y presbíteros que habían superpuesto las puntas azules de los cuellos de las camisas a los blancos alzacuellos, dejando bien a las claras su doble condición de falangistas y sacerdotes, supuso un notable contratiempo no sólo porque disminuyó su influencia política basada en el terror, sino porque los nuevos aires económicos con el fín del aislamiento al que habían sometido al régimen las potencias vencedoras supuso una quiebra en los confusos negocios de Vituperio. Le quedó claro que lo que hasta entonces había sido una ocupación secundaria, su empleo en el ejército como abogado militar, tenía que pasar ahora a la calificación de primera ocupación. Afortunadamente para él, los aires de renovación tardaron mucho en llegar, si es que en algún momento llegaron, al ejército vencedor de la cruzada contra el comunismo, de manera que sus indiscutibles méritos acreditados a través de innumerables carnets , certificados y medallas de toda índole, seguían teniendo una gran importancia. Pesaba, sin duda, en su contra su nulo conocimiento de las más elementales nociones de derecho, pero aunque prácticamente analfabeto, apenas llegó a comprender los titulares de los periódicos deportivos, tenía, a parte de una notable capacidad observadora ya comentada, un gran instinto de supervivencia, y como sus superiores y compañeros de armas y toga tampoco eran precisamente unas lumbreras, logró que lo tomara como ayudante un coronel instructor especializado en la aplicación de la ley de represión de la masonería y el comunismo. Eran procesos cuya instrucción era francamente sencilla, puesto que los detenidos, considerados siempre como culpables desde el mismo momento de su detención, llegaban ante el juez instructor convenientemente ablandados, con lo cual, y muchas veces sin mediar pregunta alguna confesaban ser miembros del presidium del politburó del PCUS y miembros de grado 33 de la logia del gran Oriente Español, algunos rizaban el rizo y con tal de que le dejaran en paz se acusaban de seguir los protocolos de los sabios de Sión destinados a acabar con el catolicismo en España y en el mundo. Las sugerencias de Vituperio eran siempre tenidas en cuenta por su superior el coronel instructor, y para disimular se construyó un mecanismo jurídico personal que además variaba según fuera el grado de malestar que tuviera por la cotidiana resaca. Así, por ejemplo, podía levantarse una mañana especialmente espeso tras una noche particularmente agitada, y esa mañana a los que fueran morenos la instrucción determinaría que fueran condenados a muerte, y también los que midieran más de 1,70. Por pura lógica los que fueran altos y morenos, se llevaban puestas dos penas de muerte como dos soles. Los demás treinta años y un día de reclusión mayor, sólo después de la interrupción de media mañana, y en la que, mientras que el común de los mortales tomaba un bocadillo y una cerveza o un café y unos churros, él se metía, entre pecho cuatro o cinco carajillos, proponía alguna que otra condena de quince o veinte años. Afortunadamente por las tardes solo había trabajo de carácter administrativo, porque Vituperio después de comer se metía para el cuerpo innumerables copas de la que, dada su escasez de recursos económicos, se había convertido en su bebida de referencia, el sol y sombra, preferiblemente confeccionado a partir de coñac (lo del brandy era desconocido) Fundador y anís Castellana, aunque cualquier otra composición era bien recibida, máxime si tenemos en cuenta que a partir de la segunda o tercera bien podía beberse, de haber contenido alcohol, el agua de algún florero o una jarra de mercurocromo. De haber tenido que tomar alguna decisión por la tarde con algún atisbo de coherencia, suponiendo que la tuvieran las que tomaba por la mañana, no estoy en condiciones de imaginar que hubiera ocurrido.

Su falta de posibles le llevó a plantearse la posibilidad de contraer matrimonio con alguna casadera con medios suficientes, y ahí sus dotes de observador fallaron de forma lamentable.

lunes, 5 de enero de 2009

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (IX)

Apenas habían terminado los diferentes funerales por su padre, a los que acudió, como en él era normal aunque muy poca gente se daba cuenta, absolutamente borracho, fue convocado por el notario que había colaborado en la redacción de las últimas voluntades del finado, junto con el albacea encargado de asegurar el cumplimiento de las disposiciones testamentarias. Resultó ser el notario un prohombre de incuestionables virtudes piadosas y obvio perteneciente al círculo de amigos espirituales de don Estrepitancio, y que de ahora en adelante y con el fín de no gastar inútilmente vocabulario bautizaremos como Opus Dei, puesto que de una obra del mismísimo Dios se trataba, igualmente resultó ser el albacea un presbítero de la misma piadosa institución, a la que acortando siquiera un poco más bien podríamos llamar la Obra, relativamente conocido ya en la ciudad gracias a eminentísimos sermones en los que, de forma sistemática, elogiaba el trabajo como forma de santidad, y más aún afirmaba de forma sutil y cariñosa que el ganar dinero, mucho dinero, no sólo no era pecado sino que estaba bien visto a los ojos de Dios y que la recurrencia de descreídos, ateos, masones y sicarios del maligno en general, a la parábola del ojo de la aguja, el rico y el camello no era más que una añagaza con la que pretendían turbiar nuestro ánimo, vagos, degenerados y rojos de toda índole y condición. Y bien santo debió resultar, indudablemente, el padre de Vituperio , puesto que dinero había ganado a espuertas, sin embargo a su hijo poco le iba a llegar, puesto que una vez que hubo profesado los votos de pobreza, castidad y obediencia que le habían convertido en miembro numerario de la Obra, creó, o más bien le ayudaron a crear un complicadísimo artificio jurídico-mercantil, incomprensible de forma absoluta para Vituperio lego como era en en lenguaje legal, que apartaban, en la práctica, al teórico heredero del imperio de los Bemoles , de la propiedad del patrimonio, si bien conservaba una simbólica participación en las sociedades, convertidas ahora en anónimas, y en concepto de herencia legítima la propiedad absoluta del piso en el que había nacido y crecido y también la del de la calle de Leganitos en Madrid, su residencia del momento. A medida que el notario iba desgranando las diferentes disposiciones del documento a Vituperio Bemoles se le iba disipando su habitual cogorza entrando en un estado de difícil descripción entre la resaca y un cabreo de proporciones colosales. Comenó a insultar, haciendo honor al nombre con el que le cristianaron, a todo lo que se movía, tanto en el cielo como en la tierra, lo que no excluía en absoluto la corte celestial incluidos serafines, querubines, potestades y tronos, ángeles y arcángeles y la mismísima Trinidad, tanto uno por uno, siendo tres como los tres siendo uno. De nada sirvió, en ningún momento la sonrisa beatífica de sus interlocutores se mudo del gesto. Intentó hacer valer su condición de ex-combatiente, ex-cautivo y camisa vieja asistente al acto fundacional del Partido en el teatro de la Comedia, por más que cuando se fundó éste apenas tenía dos años de edad y aún no había cumplido los nueve cuando terminó la guerra, tenía todos los carnets que acreditaban su hidalguía nacional-sindicalista, incluso tenía la medalla concedida a los caidos por Dios y por España , pero ésta, que había ganado en una timba, apenas la exhibia porque le daba mal fario. Tampoco entonces se amilanaron sus interlocutores, y es que la correlación de fuerzas se iba modificando sutilmente, como tendría ocasión de comprobar cuando ya en Madrid intentó mover sus influencias, con escaso éxito. Incluso el catedrático de Derecho Mercantil que le había dado una sonora matrícula de honor y al que acudió para ver si le desbrozaba el camino legal encontrando algún resquicio al que agarrarse, le despidió de forma fría aunque cortés pero dándole claramente a entender que de haber sido hoy la calificación hubiera estado muy lejana de la matrícula de honor concedida. No cabía duda que la visita del general americano vencedor en la cada vez más lejana guerra mundial, había modificado en algo la situacion, España había entrado en la ONU, y la División Azul (de la que también tenía el correspondiente carnet ) había sido una inciativa de particulares. Regresó por última vez en su vida a su ciudad natal, puso a la venta el piso con los enseres y mobiliario, e incluso ganó una pequeña fortuna con el gabinete en el que su padre purificaba su espíritu, al vender los artilugios a un grupo de negocios norteamericano, sin que quedara claro para que los querían. Camino de la estación de ferrocarril miró en su derredor y se percató, por primera vez en su vida, de la enorme cantidad de basura que se acumulaba en las calles de la ciudad, fruto sin duda de la desidia municipal. Cuidadosamente se alisó el uniforme, se sacudió con fuerza los zapatos y subió al tren.

sábado, 3 de enero de 2009

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (VIII)

La asignación que su padre le enviaba mensualmente hubiera sido más que suficiente para atender las necesidades de Vituperio si éste se hubiese dedicado al menester para el que se había desplazado a la capital, pero para la vida de licencia y vicio que había decidido abrazar, aquello no eran más que migajas, máxime teniendo en cuenta que había que atender también las necesidades, que no eran nimias, del que, hasta hace poco, había sido su carabina y que era ahora su compañero de francachela. En las escasas asistencias a clase, a unas clases para el incomprensibles, observó, y siempre tuvo dotes de buen observador, cualidad que apenas mitigó sus incontables defectos, que unos individuos de aspecto patibulario y chulesco, que en las grandes ocasiones y celebraciones se vestían con unifome que incluía una camisa azul para reclamar a grandes voces la españolidad del peñón de Gibraltar sin que nadie les hiciera caso alguno, tenían, dentro del aula, pués aparentemente eran alumnos, una autoridad que hacía que, incluso los profesores les tuvieran un respeto que podría haberse confundido con el miedo, cuando no con el terror. Supo, inmediatamente, que la compañía y amistad de aquellos individuos arreglaría, en gran medida los problemas económicos derivados de su elevado tren de gastos. En efecto, en no demasiado tiempo se convirtió en un activo miembro del Sindicato Español Universitario (SEU), lo cual le abrió las puertas del partido único, y pronto entró en contacto con los jerarcas del mismo. Pronto participó en sus negocios de contrabando de medicinas (muy escasas por el aislamiento la que todavía estaba sometida España), tabaco, drogas (ya entonces de uso frecuente en la alta sociedad). Por otra parte su pertenencia, destacada, al ala más dura e intransigente de los azules, con frecuentes incursiones a barrios obreros presumiblemente hostiles al movimiento para repartir palos a diestro y siniestro, le hizo más sencillo el logro de sus objetivos académicos. Sirva de ejemplo, el que el Derecho Romano de primer curso fue superado con un sobresaliente gracias a que, presentándose al examen oral con camisa azul, botas y correaje, respondió a la pregunta: ¿Cuando podían los esclavos ser manumitidos en la República Romana? , sin inmutarse, Cuando asumieron los principios que informan el Movimiento Nacional del 18 de julio y proclamaron su adhesión incondicional al Caudillo. ¡Viva Franco! ¡Arriba España!. Tras el taconazo de ordenanza, se giró 180 º y , mientrás el tribunal puesto en pie aclamaba a España, Franco, Carmen Polo, Carmencita y el marqués de Villaverde, de forma inequívocamente marcial, y sin que nadie osara a formularle ninguna otra pregunta, abandonó el aula. Esta adhesión decididamente inquebrantable al régimen del 18 de julio, además de para asegurarse una saneada economía paralela y la consecución de un brillantísimo expediente académico, le sirvió también para obtener, sin ningun tipo de requisito ni examen, el grado de alférez en las Milicias Universitarias destinado en el Ministerio del Ejército en la calle de Alcalá, destino por el que apenas apareció, excepto para cobrar los haberes al final de cada mes. Una vez acabado el periodo militar obligatorio, es una forma de hablar, quedó adscrito, de forma provisional hasta acabar la carrera de derecho, a la escala jurídica militar con el empleo de teniente. Parecía que iba encauzando su futuro alejado, eso sí, de discurrires, digamos que, convencionales cuando una noticia iba a modificar de forma sustancial su vida. De forma repentina, aunque no inesperada para quienes, tratándole de forma cotidiana iban comprobando su deterioro físico, su progenitor, don Estrepitancio, Tancio en su reducidísimo círculo de íntimos, falleció de forma, pongamos que, estrepitosa, haciéndole un pequeño homenaje, por no decir extravagante. En efecto, encerrado en su secretísimo gabinete, no fue hasta que el olor se convirtió en evidente que el servicio doméstico se atrevió a forzar la puerta. Allí, en medio de estrambóticos instrumentos, que luego se rumoreó que servían para inflingirse toda clase de tormentos y suplicios, encontraron al piadosísimo honmbre de negocios en un estado espantoso, no sólo por el evidente estado de putrefacción en que comenzaba a encontrarse el cadáver, sino por las horrorosas cicatrices, hematomas, cardenales y pústulas que recorrían su cuerpo, a excepción de aquellas que el vestir de la época dejaba a la intemperie: la cara y las manos. Lo extraño de la defunción hizo que en principio interviniera el juzgado que decretó la correspondiente autopsia, y el médico forense que la practicó intentó la colaboración de algún antropólogo que fuera capaz de descubrir que tipo de tribu ignota, procedente sin duda del Orinoco o el Amazonas , practicante de los sacrificios humanos, había desembarcado de forma secreta en España para practicar en personas de acreditada fe, tan horribles ritos y tormentos. Afortunadamente los amigos espirituales del finado, que comenzaban a ganar influencia a costa de las llamadas camisas viejas, dieron rápidamente tierra al asunto, y nunca mejor empleada la expresión.


Vituperio, al enterarse, y una vez superada la sorpresa , sintió un notable alivio, caía el último obstáculo, ya nadie intentaría gobernar su vida, como lo había intentado, con escaso éxito, por otra parte, su padre. Además ahora sería él, y sólo él, el dueño absoluto del patrimonio Bemoles. Pronto saldría de su error y podría comprobar la verdad que encierra el aforismo:


El hombre propone y Dios dispone.

jueves, 1 de enero de 2009

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (VII)

El triunfo de los nacionales en la contienda supuso la consolidación definitiva del imperio Bemoles, entre tanto Vituperio iba creciendo bajo la atenta mirada y rígida disciplina de preceptores autoritarios y crueles, que, en oposición a lo pretendido, iban forjando en él un espíritu débil con una fácil tendencia a caer esclavo de toda suerte de pasiones, siendo la dipsomanía una de las más acusadas, aunque pronto le llamó también la sicalipsis, herencia sin duda de sus abuelos a los que apenas llegó a conocer. A medida que iba creciendo la figura de su padre se iba tornando lejana y aburrida, y es que efectivamente su progenitor sólo tenía tiempo para sus negocios, cada vez más boyantes una vez eliminada la rémora que, durante el anárquico régimen republicano, habían supuesto sindicatos y partidos políticos. Los únicos momentos que no destinaba a ganar dinero, con el que gratificaba con extrema largueza a la obra fundada por el presbítero amigo de su juventud, instalado ahora en Roma y ganando prestigio e influencia con increíble rapidez, eran aquellos en los que se encerraba en un pequeño gabinete, al que tenía todo el mundo estrictamente prohibida la entrada, y del que salía absolutamente sudoroso y demudado, pero con una extraordinaria cara de felicidad. Era en aquellos momentos, a la salida de ese gabinete, en los que se entregaba al único vicio conocido, puesto que se fumaba un excelente habano, eso sí de pie.



Mientras tanto Vituperio iba, desde temprana edad, dando muestras de su inclinación al mal y a la perdición. Cuando con apenas doce años vió a una de las sirvientas pimplarse , a escondidas, un lingotazo de anís no dudó en imitarla, y sintió una sensación tan agradable que inmediatamente se preguntó porque la gente era tan estúpida como para beber agua, líquido que él apenas volvió a probar. No mucho después, y casi por casualidad, descubrió lo placentero que puede llegar a ser el manipularse las zonas íntimas, y desde entonces compensó con creces todo lo que su padre había despreciado las enseñanzas de Onán (aunque un amable lector ha aclarado el papel de Onan , el vicio solitario se llama, incorrectamente, onanismo). Desde ese momento ninguna sirvienta que pasara por casa de los Bemoles podía sentirse a salvo. Muchas apenas duraban unas horas a pesar de que los salarios eran superiores a los de la media de la época. Evidentemente tan poco edificantes actividades, que además le ocupaban la práctica totalidad del día, repercutieron de forma negativa en su rendimiento académico. Su padre que andaba excesivamente ocupado en sus actividades, no tanto en las propias de sus negocios como en las de su fortaleza espiritual, cada vez más en detrimento de la física y de la mismísima salud, tiró por la calle del medio y sobornó a toda clase de profesores, con lo cual Vituperio se vió de repente matriculado en la facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid para el curso 1951-1952 siendo un perfecto analfabeto. Se despidió de su padre y se trasladó a la capital del Estado Victorioso. Estando la facultad de Derecho todavía en San Bernardo, el traslado a la Ciudad Universitaria hasta 1956 no se produjo, ocupó, en compañía de una especie de tutor, amigo espiritual de don Estrepitancio, que tenía como única misión real la de vigilar las andanzas del joven universitario, un piso, razonablemente cómodo, y del que desconocía la propiedad, cuestión que, por otra parte, nunca le preocupó en demasía, en la calle de Leganitos. A pesar de ser aquellos años de plomo en lo que a moralidad se trataba, a pesar de que la sociedad de la época estaba impregnada de lo que hoy hemos dado en llamar nacional-catolicismo , era Madrid una ciudad que tenía una amplia oferta para aquellos decididos a salvar su alma en el último minuto, mediante el método del arrepentimiento por atrición, que no es otra cosa que arrepentirse de los pecados por el acojono que producen los martirios anunciados en el infierno, al tratarse de un arrepentimiento imperfecto , definido como tal en el Concilio de Trento, tiene la pega de que, para que obre efecto, y los pecados sean perdonados ,tiene que ir acompañado del sacramento de la petinencia, mientras que en caso de peligro de muerte y en ausencia de un presbítero que pueda escuchar al pecador en confesión y absolverle mediante el sacramento antes citado, una contrición perfecta puede ser suficiente. Una de las mayores ventajas que tiene el catolicismo frente al resto de las religiones es ésta del poder arrepentirse, sinceramente o por miedo a lo que venga. Yo, desde luego, si creyera que existe un ente que, saltándose a la torera todas las leyes científicas conocidas, es el responsable de que existe el Universo me haría católico sin dudarlo. Judios y musulmanes son unos tiquismiquis con el tema de la comida, lo de prescindir de los derivados del gorrino, hurtar a los sentidos de un jamón ibérico, les descalifica, y me importa un bledo lo que hayan podido decir sus correspondientes profetas. En cuanto a los otros cristianos, luteranos, calvinistas, etc..., no piensan más que en trabajar, y además después de pasarte toda una vida trabajando y rezando , igual no eres de los predestinados y vas al infierno igual. Lo dicho católico y no se hable más. Don Estrepitancio que, recordemos, conocía Madrid y sus peligros, en cualquier caso menores que los de esa Gomorra mediterránea llamada Barcelona, no tenía ninguna confianza en su hijo, por eso le asignó un vgilante, lo que no podía imaginar es que también el vigilante, con extaordinaria facilidad, iba a caer en las redes del maligno.

martes, 30 de diciembre de 2008

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (VI)

El periodo republicano provocó no pocos dolores de cabeza a Estrepitancio puesto que a la gente, la gente normal, la gente de la calle, la gente que estaba hasta el ombligo , palmo arriba palmo abajo, de que los mismos de siempre fueran los que manejaban el cotarro, le dió por pensar que con la dichosa república iban a cambiar las cosas. Y como a las autoridades republicanas les dió por hacer cosas extravagantes como ponerse a hacer escuelas públicas, que, ¡agárrense que vienen curvas! , no estaban bajo el manto protector de nuestra Santa, Católica y Apostólica Iglesia Romana, con lo cual a los niños, y ni niñas, ¡sí, sí, también a las niñas! se les enseñaban barbaridades tales como que los hombres eran todos iguales al nacer, en derechos y obligaciones, y lo que es peor que las mujeres eran iguales a los hombres, lo cual para Tancio , que tenía siempre presente la clasificación de las mujeres en preputas, putas y feas de museo, era, como poco intolerable. A parte del consuelo espiritual que le proporcionaba el joven sacerdote oscense que conoció en la entrega anterior y que le permitía, sin cargo de conciencia alguno sino más bien al contrario, darse unas palizas que le tenían el cuerpo como en una película de Mel Gibson, este futuro santo le fue introduciendo en el mundo de la conspiración antirrepublicana directamente inspirada desde el Vaticano y que poco tenía que ver, en las formas, con el antirrepublicanismo primario de unos jóvenes de camisa azul e ideales pocos claros comandados por el hijo del general que tanto había hecho por España hacía apenas unos años, convivian en esa organización, junto a señoritos exaltados, toda clase de chulos, macarras y delincuentes de toda especie. Fue generoso, a la hora de financiar, junto a muchos prohombres que además de a España, y sobre todo, amaban a sus negocios y fortunas, el definitivo golpe militar que daría comienzo a una guerra civil que sembró España de cadáveres, sin embargo el 17 de julio se encontraba Madrid, convencido de la rapidez que iba tener el triunfo de la asonada militar. El fracaso en la capital, aunque en su ciudad el triunfo fue casi inmediato, le puso en dificultades, y en esos momentos demostró sus cualidades para desenvolverse en condiciones poco propicias. Se desembarazó de sus ropas de señor acaudalado, y aprovechando el tórrido estío madrileño, se vistió únicamente con un mono azul con peto, dejando al descubierto las heridas, pústulas, cardenales y hematomas que le habían producido sus prácticas sado-místicas, tenía tal pinta de ecce homo que parecía que el cuartel de la montaña lo había asaltado él solo, a pecho descubierto. Consiguió, imitando sin saberlo al viejo Bundo, tener carnet de todas las organizaciones que pintaban algo entre los republicanos, incluso tuvo en sus manos un salvoconducto que aseguraba su pertenencia a Mujeres Libres. Nunca tuvo problemas para dar vivas a Stalin cuando se encontraba en compañía de sus camaradas del PCE, para media hora despues combatir apasionadamente al burocratismo procedente de Moscú en un mitin de la CNT. Conspiró a modo con la quinta columna , y cuando estuvo a punto de ser descubierto no dudó en conseguir, gracias a sus amistades, que una nutrida cantidad de presos conspiradores, entre los que estaba su posible delator, fuese trasladada a un lugar más seguro, y misteriosamente, a la altura de Paracuellos del Jarama fue interceptada por una columna irregular encabezada por un siniestro individuo con más heridas que el caballo de un picador, aunque ninguna de bala. No quedó ni uno vivo, fueron bastantes aunque no tantos como hicieron, posteriormente creer los que a la postre fueron vencedores. De todas formas, sus jefes del Vaticano consideraron que su actuación entre el enemigo no daba para más, y sin demasiadas dificultades regresó a su ciudad natal, donde, reconocido como un héroe superviviente del terror rojo, ocupó puestos de resposabilidad en el victorioso Nuevo Orden que se instalaba.

domingo, 28 de diciembre de 2008

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (V)

Mientras de forma absolutamente indisimulada buscaba prometida, abordó una tarea nada sencilla, y para la que no iba a encontrar colaboración alguna: desmenuzar cuidadosamente las actividades paternas. Consiguió agruparlas en tres categorias: legales, ilegales y dudosas. Las legales se puso como objetivo el modernizarlas y adecuarlas a los tiempos, eran las actividades que tenían como eje vertebrador el servicio municipal de recogida de basuras y que el amplió a otros como el de la captación, depuración y distribución de agua, entrando de lleno en el mundo de las obras públicas, también entró en el del transporte haciéndose con la concesión por parte de la Diputación Provincial del servicio de transporte intermunicipal para pronto dar el salto llegando a poseer una de las más importantes empresas de transporte por carretera. Las dudosas, vertebradas en torno a los iniciales negocios de chatarrería y chamarilería, las convirtió en respetables negocios de antigüedades. Sus pías costumbres llegaron pronto al correspondiente arzobispo, que le mandó llamar comprobando de inmediato el carácter radicalmente distinto que tenía el hijo en relación con el padre y que las relaciones con él tenían que ser esencialmente distintas de las que tuvo con su progenitor, lo que no impidió que colaboraran juntos en la importante tarea de modernizar la imaginería de los templos, de los que pronto desparecieron imagenes y retablos no clasificados ni catalogados en parte alguna, siendo sustituidos por aparentes y más modernas imágenes que fueron muy del gusto de los fieles. Naturalmente las imágenes originales, probablemente de escaso valor, ¿o no?, fueron debidamente conducidas a los canales del arte, y los beneficios fueron, exeptuando el lógico lucro empresarial de Tancio, directamente a Su Ilustrísima que, suponemos, les dió el cometido adecuado dada la gran cantidad de necesidades de la sociedad de a época. Al igual que su padre cultivó con meticulosidad una importante red de contactos empresariales y comerciales, aunque a diferencia de aquel, para este cometido utilizó instituciones serias y piadosas: El casino, la cámara de comercio, la asociación de la palabra culta y las buenas costumbres, la asociación de amigos de la ópera y, como no, la querídisima Adoración Nocturna en la que reanudó la práctica totalidad de las amistades de Bundo .Las actividades ilegales las desmanteló sin encomendarse a nadie, por más que condenó a la intemperie y a la indigencia a quienes durante mucho tiempo habían sido el refugio emocional de su padre. El buen gobierno, con autoridad y sentido común, que, de forma un poco autoritaria, ejercía el general Primo de Rivera en nombre de Alfonso XIII, el rey, nuestro señor, favorecía la actividad empresarial, incluso cuando finalizando el próspero periodo de gobierno unipersonal, que algunos desalmados dieron en llamar dictadura, los efectos de la crisis de la economía americana salpicaron España, los negocios de Bemoles continuaron boyantes, teniendo en cuenta que era la administración pública el principal de sus clientes.


La busqueda de una esposa que asegurara la continuidad del apellido no le llevó demasiado tiempo. Despreciaba completamente el sexo femenino, al que hacía culpable de todos los males de la humanidad, el ejemplo de su propia madre le sacaba de quicio, y solo la necesidad de perpetuarse le llamaba por un camino al que en absoluto estaba llamado. Su absoluta castidad, no perturbada siquiera por las llamadas del súcubo transmutado en Onán, producían actuaciones de la madre Naturaleza destinadas a vaciar y renovar fluídos internos que tenían el efecto colateral indeseado de producir, en las sábanas unos curiosos dibujos con forma de mapas, si bien no solían representar a país conocido alguno. Esas noches que los expertos califican de polución nocturna , iban acompañadas de sueños en los que era maniatado, azotado y humillado. Estos hechos le causaron gran turbación, pero no más que le hubieran causado unos trabajos manuales, que prácticamente desaparecieron, es decir hubo menos turbación, cuando entabló conocimiento con un joven sacerdote aragonés que supo encauzar espiritualmente esos pensamientos que alguien, con evidente mala fé, hubiera podido calificar como escabrosos. Fue este presbítero quien le ayudó a encontrar esposa, mujer que debía tener las cualidades de no ser demasiado atractiva en el aspecto físico, y mejor fea de manual, con salud precaria que asegurara que el Señor la llamara su seno no mucho después de haber cumplido con su función de madre, de inteligencia escasa y limitada y con un fuerte sentimiento religioso que hubiera prácticamente eliminado el apetito de la concupiscencia. Entre las jóvenes de la buena sociedad de la época había abundancia de oferta, y así contrajo matrimonio Estrepitancio Bemoles el 14 de abril de 1931, con una joven tan fea que desde niña le habían prohibido mirarse al espejo, tan flaca y escuchimizada que cuando se ponía de lado daba la sensación de haber deasparecido, a duras penas la habían enseñado a firmar, más que nada para que no pusiera una cruz en el acta de matrimonio, y que dedicaba incontables horas del día a misas, novenarios, triduos, rosarios y , en general todo el despliegue litúrgico de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Esta mujer falleció, cumpliendo con su obligación, el 10 de agosto de 1932,horas después de haber dado a luz a Vituperio Bemoles.

viernes, 26 de diciembre de 2008

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (IV)

Una vez que se hubo casado y con residencia propia, decidió Bundo que era el momento de disfrutar de la vida, además su disfrute le iba permitiendo ir paulatinamente aumentando su red de contactos e influencias, pues la práctica totalidad de las autoridades civiles, militares y religiosas en un momento u otro pasaban por alguno de los centros de asueto, de los que inicialmente fue cliente preferencial, para en en plazo relativamente corto ser el auténtico dueño. Tanta vida fuera de casa, que justificó, como era corriente en la época, con su pertenencia a Adoración Nocturna (hecho muy bien reflejado por Antonio Mercero en su película Espérame en el cielo ) hizo que dejara de tener interés en lo que se suele llamar el uso del matrimonio, de manera que una vez preceptivamente embarazada su esposa, la relación entre ambos se tornó cortés amable y educada, estableciéndose entre ellos unos lazos de sincero cariño y afecto mucho más fuertes y duraderos que los podría haber trenzado un pasión desenfrenada. Cuando las visitas del profesor de piano de su esposa, un joven bien parecido y hambriento, se hicieron sospechosamente frecuentes, don Tremebundo se limitó a pedir al servicio que retirase del salón principal un cuadro con una escena de la caza del ciervo.
En una tarde del final del verano, con tormentas acompañadas de un fortísimo aparato eléctrico nació Estrepitancio, el hijo único y heredero universal de los Bemoles. La práctica ausencia del hogar del padre de familia fue determinante en el desarrollo intelectual y emocional de Tancio Bemoles (siguiendo la tradición familiar el nombre doméstico y cariñoso se construía con el final del nombre oficial). En efecto don Tremebundo repartía su tiempo entre el ministerio, donde había llegado a director general sin tener la mínima idea de cual era su cometido oficial, lugar que seguía siendo su cuartel general y en el que desarrollaba las tareas oficiales de su empresa, las tertulias vespertinas, continuaba siendo un adicto a la cafeína aunque había conseguido controlar su dependencia, y las juergas nocturnas, tenía habitación reservada y pertrechada de todo lo necesario en cada uno de los garitos que controlaba, de manera que aparecía por el hogar familiar de ciento en viento, y siempre para interesarse por si era necesario algo y dejar dinero. En una ocasión preguntó a su esposa si consideraba necesario comprar un piano respondiéndole ella, con toda naturalidad, que en sus clases practicaba fundamentalmente el solfeo, actividad para la que, siempre según ella, no se necesitaba instrumento musical alguno, si acaso la flauta dulce, pero la ponía el profesor.
Mientras el niño fue pequeño no echó de menos en absoluto la figura paterna, ese señor que , de vez en cuando, aparecía por casa con extraordinarios regalos y juguetes, y le cogió aprecio al profesor de piano de su madre siempre simpático y atento con él. Fue al ir creciendo, y sobre todo a raiz de ir al colegio, de estricta disciplina y moralidad, de los Hermanos Maristas cuando se percató de las peculiaridades de su familia, puesto que en las de sus compañeros el padre, o estaba habitualmente presente, o había muerto. Era la suya una ciudad sin puerto de mar por lo que no había marinos, ni se había inventando, o estaba en pañales, la aviación, por lo que no había pilotos. Como la clase social de sus compañeros excluía a representantes y viajantes de comercio, lo dicho: el padre de todos sus compañeros o estaba siempre presente o bajo tierra. Alguno de los padres de sus compañeros conocían al suyo, por ser también de Adoración Nocturna, pero no con tantísima devoción y sacrificio como el de Tancio Bemoles. Y sobre todo, y este descubrimiento fue especialmente doloroso, en ninguna de las casas de sus amigos y compañeros había, de forma casi permanente, un profesor de piano, ni de ninguna otra materia como la esgrima o el modelado en barro, que se tomase tantísimo interés por su alumna como hacía el que solfeaba con su madre.

Esta angustia que le produjo la ausencia del padre y la relajación de costumbres de la madre, hizo que el heredero creciera de forma taciturna y concentrada en dos actividades, la religión e, inicialmente, el estudio, y cuando estos hubieron acabado, estudió Derecho, especializándose en la rama mercantil, y el equivalente en la época de lo que hoy llamaríamos Ciencias empresariales, o más modernamente administración y dirección de empresas, se hizo cargo del negocio familiar, pues coincidió el fín de sus estudios con un lamentable episodio relacionado con la disipada vida que llevaba su padre, al que finalmente le dió un severo jamacuco, que los jóvenes de hoy día definen como un chungo, y que tiene el nombre oficial de ictus cerebral, que no acabó con su vida pero que lo dejó idiota para los muchos años que todavía vivió. Sólo salía de casa, por fín regresó de forma regular al hogar familiar, para ir a Adoración Nocturna donde le llevaba su hijo, ferviente y estricto practicante. A pesar del afecto que le profesó de niño, en cuanto cogió las riendas de la familia despidió, sin contemplaciones, al maestro de piano, asegurándose, eso sí, de que tuviera un alojamiento digno y el empleo de organista en una parroquia de la periferia, a la que el mismo dotó de órgano. Contrató inmediatamente a un sustituto, un venerable anciano de pésimo genio, compró un piano vertical, he hizo estudiar a su madre toda la música que no nabía estudiado anteriormente, empezando por el solfeo. Una vez resueltos los trámites que incapacitaban a su padre, y le daban el control absoluto de los destinos de la familia, se puso como objetivo el encontrar un mujer que asegurara la pervivencia de los Bemoles. Europa se desangraba en una fratricida contienda.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (III)

Los inicios no fueron, ni mucho menos, sencillos junto a la concesión del servicio de recogida, el ayuntamiento le había facilitado el uso, para depositar los desperdicios, de un solar, de ignorada pertenencia pero con el tiempo pasó a ser propiedad de los Bemoles, que tenía la virtud de ser enorme, y el defecto de estar, entonces, lejísimos del centro de la ciudad. Dado que necesitaba la fuente de ingresos que suponía acudir regularmente por las mañanas al ministerio, decidió instalar allí la sede social y fiscal del negocio, y convenció a sus compañeros de negociado de que trabajasen para él, no sólo por las mañanas en las labores administrativas, aún escasas, sino también por la noche, en lo que era el verdadero trabajo de recogida y acarreo de los desperdicios hasta el solar, y lo que es más importante trabajaron para él prácticamente gratis, sin más remuneración que unos recibos firmados a los que presuntuosamente llamo participaciones en la empresa, y que años más tarde un juez, compañero de Bundo en las farras nocturnas que fueron muy importantes en el desarrollo de su negocio, tasó en un valor idénticamente igual a cero. La habilidad oratoria y de convicción que había adquirido con la participación en tanta tertulia y reunión en la que tenía que defender, y de forma casi simultánea una hipótesis y su antítesis, le fue de extraordinaria utilidad en estos iniciales momentos en los que el negocio basurero lanzaba su primer vagido. Con tan magros recursos humanos le era prácticamente imposible abarcar la recogida en toda la ciudad. Además la asignación municipal para el servicio era claramente insuficiente, de forma que asumió solamente dos barrios del centro de la ciudad. Se daba la circustancia, al igual que ocurre o hoy, que la Justicia no era todo lo diligente que cabe esperar, de manera que si un inquilino o realquilado dejaba de satisfacer el correspondiente pago a su arrendatario, podía dilatarse meses, e incluso años, el procedimiento ejecutivo del desahucio, y este procedimiento pasaba por el negociado de Bundo, donde, hasta ese momento, jamás era revisado, ni acelerado, ni retrasado, según traía los expedientes un conserje directamente desde el juzgado correspondiente, se acumulaban en una bandeja que ponía pendientes , y cuando había un número suficiente que justificase molestar a otro conserje, se le llamaba para que siguiera adelante el proceso. Las cosas cambiaron, los expedientes de los barrios atendidos por el servicio de recogida de basuras alcanzaron una sorprendente celeridad, y pronto los propietarios de los inmuebles, evidentemente los económicamente fuertes de la ciudad, fueron conveniente y anónimamente informados de la relación causa-efecto entre la basura y el desahucio. La necesidad de que el servicio de recogida de basura llegara a todos los barrios se convirtió en un clamor, el alcalde llamó a Bundo a su despacho. De aquella reunión poco se sabe, nadie, salvo los dos interlocutores , estuvo presente y los dos se llevaron a la tumba las interioridades de lo hablado. Lo que si llegó a saberse, muchos años después cuando la alcaldía cambió de manos, es que el alcalde terminó esa reunión siendo socio, en secreto, de Tremebundo, que el Ayuntamiento compraría, y cedería para su uso a Limpiezas Bemoles , los carros y caballerías necesarios para asegurar la limpieza de la ciudad, así mismo la corporación municipal se haría cargo de las nóminas del personal que Tremebundo contrató a su entera satisfacción, y entre los que no había nadie que, ni de lejos, hubiera trabajado para institución oficial alguna. Quedaba por resolver un asunto en absoluto baladí, la eliminación de la competencia. Hasta la instauración del servicio con carácter municipal las basuras de la ciudad no habían ido desapareciendo por si mismas, pudiera haber sido así con los restos orgánicos siempre sujetos a la natural degradación, a costa de un olor que bien se podría definir como peculiar, pero imposible con los restos inorgánicos de madera y metal (chatarra) que su hubieran acumulado sin fin. Eran generalmente grupos de romanís (gitanos) y otros nómadas como los quincalleros (quinquis) los que tradicionalmente se ocupaban de estos menesteres, no eran gentes fáciles de convencer acostumbrados a pelear por lo suyo hasta donde fuera menester, y estabamos hablando de su tradicional modus vivendi , no fue casualidad que el gobernador civil, gran amante de la vida, digamos que.., social, coincidiera en alguna francachela con Tremebundo , ni fue casualidad tampoco que desde ese conocimiento, del que probablemente nacería también alguna asociación poco clara, el rigor de los agentes de la autoridad con estos colectivos trashumantes aumentó de forma desproporcionada, de manera que, poco a poco, fuero abandonando la ciudad y la provincia. Por fin tenía Tremebundo Bemoles las manos libres, era momento de dejar el empleo de funcionario y sentar la cabeza casándose.

lunes, 22 de diciembre de 2008

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (II)

Habíamos dejado a Bundo , a partir de ahora ese será su nombre, excepto cuando por cuestiones de rango o protocolo sea aconsejable el uso de su nombre oficial, con una resaca de museo después de haber cambiado la peseta, obsoleta expresión que hoy ha caido en desuso por razones obvias, operación que reiteró mientras apresuraba el paso camino de su pensión, tenía la necesidad imperiosa de hacer reposar su maltrecho cuerpo después de tan jaranera noche, con el fín de que al día siguiente pudiera, al menos de forma aproximada, cumplir con sus obligaciones. No es que su trabajo, auxiliar interino en el ministerio de Gracia y Justicia, negociado de embargos y deshaucios, requierese una particular capacitación intelectual ni un esfuerzo neuronal apreciable. Sin llegar a la excelente descripción que hace Miguel Mihura , en su comedia Sublime decisión, de las ocupaciones de los funcionarios, descripción en la que detalla como los empleados públicos progresan en su carrera administrativa en función, nunca mejor empleado el término, de la capacidad de liar cigarrillos, no recuerdo si para el director general o el mismísimo subsecretario, los cometidos de Bundo eran, como poco, difusos, aunque eso sí, su seguridad en el empleo era igualmente difusa, pues al mínimo cambio ministerial correspondía una renovación casi completa de la plantilla. La situación era hasta tal punto inestable que la conversación más popular, o impopular según se mire , tenía como elemento principal los rumores sobre el nombramiento o cese de este o aquel prócer, bien del partido Conservador, bien del partido Liberal según fueran Antonio Canovas del Castillo o Práxedes Mateo Sagasta los que presidían, turnándose sin hacer demasiado caso a las urnas, el Consejo de Ministros durante la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena, en la minoría de Alfonso XIII, el rey nuestro señor.

Como además aún no se había inventado el fútbol, las mañanas resultaban asaz tediosas, sobre todo si no se estaba en puertas de un cambio ministerial, con todo, el presentarse a trabajar con una cara que pudiera parecer haber salido directamente de un sepucro no parecía lo más conveniente, justificadas quedan entonces, las prisas del nocherniego Bemoles. Fueron estas prisas, y su deteriorado sentido del equilibrio, las que provocaron un tropezón que le hizo dar de bruces contra un montón de basuras, deshechos y desperdicios, lo que hizo que su aspecto, ya de por si lamentable, se tornara en definitivamente repugnante, y con él y maldiciendo a las autoridades municipales por mantener la ciudad en tan poco edificante estado, llegó a su pensión, con una idea fija: terminar con la desidia municipal en lo que ha recogida de inmundicias se refiere. Había nacido un nuevo Tremebundo Bemoles. Su obsesión por la limpeza viaria terminó convirtiéndose en su métier, las largas mañanas de ociosidad ministerial las reconvirtió en frenética actividad, aprovechando su conocimiento, derivado de su agudo instinto observador, de los intríngulis de la burocracia administrativa, inundó a diputados provinciales, concejales, diputados en Cortes, ministros, alcalde, presidente del Consejo y hasta la mismísima regente , que lo hacía en nombre de Alfonso XIII, el rey nuestro señor, de toda clase de estudios falsos, emitidos por falsas, y a veces inventadas, instituciones y empresas, públicas y privadas, en los que se señalaba las ventajas, indudables por otra parte, de tener un eficiente servicio de recogida de basuras y desperdicios. No descansaba por las tardes, sino que trás frugalísima colación, que ingería en el mismo negociado del ministerio, con lo que había sustraido de forma subrepticia de la cocina de la pensión, salía a visitar cuantas tertulias políticas había en los cafés de la época. Consiguió una rebaja en el precio de la pensión, al no hacer uso del comedor, y utilizó con habilidad el dinero excedente para invitar a la persona adecuada, en el momento adecuado, al adecuado café. Se afilió, al mismo tiempo, al Partido Conservador (Cánovas) y al Liberal Fusionista (Sagasta), cuando Martínez Campos abandonó el partido Conservador se fué con él al Liberal (en el que ya estaba) sin abandonar a Cánovas. Se hizo sucesivamente, pero sin darse nunca de baja en ningún partido, demócrata posibilista (Castelar), progresista (Cristino Martos) carlista de Unión Católica (Alejandro Pidal) , aunque cuando se fusionarón con los conservadores se afilió a estos por tercera vez. Incluso llegó a participar, en previsión de acontecimientos, en reuniones clandestinas, eran en los mismos cafés con lo que la clandestinidad era más bien teórica, de los republicanos federalistas (Pi y Margall) e incluso de los republicanos revolucionarios (Rojas Zorrilla). En todas las reuniones y tertulias, públicas o clandestinas, defendía con igual vehemencia la necesidad de la ciudad contara con adecuado servicio de recogida de basura, ora en aras del inevitable progreso, si le tertulia era de índole progresista, ora en aras de la conservación de los sacrosantos valores de la civilización, si primaba el cariz reaccionario entre los contertulios. Tuvo que pertrecharse de abundantes medios para evitar ser reconocido como miembro de un partido u otro, sombreros de varias clases, bigotes, barbas, levitas, chalecos, etc..., lo cual no sólo no fue sencillo, aún no se había fundado Cornejo, sino que además acarreó unos gastos que le hicieron inugurar la que, hasta que se asentó el negocio, fue su principal fuente de financiación, el sablazo, que practicó con notable habilidad entre amigos y conocidos. Como muchas tertulias, incluso de signo político absolutamente contrario, se celebraban en el mismo café, e incluso a la misma hora, desarrolló una increíble habilidad para, disimulando con apretones e incontinencia urinaria, utilizar los servicios mingitorios para cambiar de aspecto e ideología, pero nunca de discurso, monotemático en lo que se refiere a la profilaxis ciudadana. Tan agitada actividad junto al masivo consumo de café en todas sus modalidades, recuelo, con achicoria, café-café,etc... produjo innumerables alteraciones en su sistema nervioso, tanto el principal como el periférico, la cual hacía que las tardes de los domingos, que destinaba a pasear por la calle mayor-principal de la ciudad junto a su prometida, y ante la ausencia de ingesta de cafeína, sufriera toda clase de temblores y espasmos, lo cual le daba un aspecto, que hoy reconoceríamos como el de un yonqui con mono, poco saludable para los cánones de la época. Como además los brazos de Morfeo le eran esquivos, igualmente por el abuso de café, su salud mental estaba en serios apuros y corriendo el riesgo de que le ocurriera como a Pedro Camacho, el increíble escribidor de Vargas-Llosa , solo que en lugar de mezclar personajes y tramas de radionovelas hubiera mezclado los partidos a los que estaba afiliado. En estos críticos momentos se hallaba cuando, por fín, una carta del alcalde, de su puño y letra, le comunicaba la concesión del servicio municipal de recogida de basuras, servicio creado por el voto unánime de todos los partidos que componían la corporación municipal.

viernes, 19 de diciembre de 2008

El triste rodar de Aerofagio Bemoles (I)

Nota Previa:Este pequeño serial no tiene ninguna pretensión literaria, consciente el autor, osea yo, de sus muchas limitaciones. Esta escrita durante el largo proceso que ha supuesto la celebración de la IX Asamblea de Iu, desde su inicio en las asambleas locales hasta su culminación en Rivas-Vaciamadrid, y su objetivo esencial, y único, era el de evadirse , distrayéndose un poco al escribir un pequeño texto si importancia alguna. El publicarlo en el blog responde a la necesidad de calmar las ansias narcisistas del autor, extraordinariamente sensible al halago, justificado o no, lo cual le lleva, al autor, osea a mí, a solicitar que a los que no les guste se abstengan de hacer comentarios, comentarios que en caso de no gustarme borraré, con total impunidad, una vez detectados. No considero la sinceridad una virtud, pero, y para mantener las formas, elevaré a la categoría de sincero y notable cualquier comentario que halague, tanto mi forma de escribir, como el argumento de este pequeño relato. Disfrutadlo y si no es así no me lo digais.



Dura hubo de ser la vida de Aerofagio Bemoles. Sus padres , dipsómanos, drogodependientes y votantes del PP, habían arruinado el próspero negocio que había iniciado su bisabuelo Tremebundo Bemoles, y que había consolidado y expandido su abuelo Estrepitancio Bemoles.
En efecto, fue don Tremebundo el que mientras paseaba, por la ciudad que le vió nacer (es indiferente la ciudad en cuestión porque por aquella época todas las ciudades españolas tenían aproximadamente la misma cantidad de mierda, desperdicios y basura de toda índole), a unas horas un tanto intempestivas, y es que pasear, lo que se dice pasear es un tanto inexacto. Venía Bundo , cariñoso diminutivo por el que era conocido, de intecambiar, primero e ingerir después , fluídos y copichuelas en una casa de pésima nota en uno de los arrabales de la ciudad. No hay constancia de hubiera en la época organismo regulador alguno que calificase las casas de tolerancia, nombre por el que también eran conocidos los lupanares o putiferios, debido muy probablemente a que se toleraban acciones de índole concupiscente que, en cualquier otro sitio estaban prohibidas y castigadas con las penas del infierno. La clasificación en casas de pésima, mala, regular e incluso buena nota, debía venir, con toda seguridad determinada, por una clasificación popular, en la que, sin duda, se tendría muy en cuenta, no sólo la calidad humana de las pupilas que allí prestaban sus servicios, sino también el rango social de los clientes. No puede, ni debe, ser posible tener en misma consideración un establecimiento visitado por S.M. el Rey nuestro señor o su ilustrísima el Cardenal Primado, que uno frecuentado, por mindundis como el bisabuelo de nuestro protagonista.

El contraste entre el calor , procedente en gran medida de la calefacción humana y el sudor ajeno, del tugurio y el frio de la intemperie solía tener el benéfico efecto de disipar los efectos que el exceso de bebidas de alto contenido enólico y dudosa procedencia producía en la cabeza del juerguista, si bien el efecto era contrario en la parte somática del individuo en cuestión, que con frecuencia, y con el hígado en franca rebelión y las transaminasas en veloz desbandada, solía hacer una última parada con la frente recostada en un antebrazo que a su vez se apoya en la pared , las piernas abiertas, convenientemente alejadas del muro en cuestión, para en tan poco edificante postura proceder a devolver al mundo, el excedente de lo trasegado la noche anterior. La colusión de ambas sensaciones, claridad de mente y cuerpo torcido, suele producir, a él le produjo, una necesidad inmediata de reparador descanso, de dormir verdaderamente, a pierna suelta, lo que, a pesar de su debilidad, debida en gran medida a que, a diferencia de otros clientes habituales no se producían en él fuertes disensiones entre Dionisio, dios de la vid y de la yedra, del delirio, del entusiasmo, del éxtasis, de la danza, de la tragedia y de las fiestas y Afrodita, diosa del amor, madre del caprichoso Eros, quizás porque administraba sabiamente sus recursos: "Cuando se va a putas, se va a putas" solía clamar con precisión tautológica al rechazar una vez tras otra cuantas ofertas le llegaban de alegrarse el cuerpo, tomando de aquel licor o de aquel otro, antes de satisfacer sus necesidades más acuciantes, que no eran otras que las derivadas de su estado célibe, ya que si bien había entablado formales relaciones con una señorita de lo más granado, y carente de recursos económicos, de la sociedad civil, las costumbres de la época, y la dificultad de acceder a métodos contraceptivos de cierta seguridad, impedían la consumación final de los ardores provocados por castos besos y furtivos tocamientos producidos en la oscuridad, no de salas de cinematógrafo, aun por inventar, sino de otros lugares, como esquinas poco iluminadas o los zaguanes de los portales, insisto siempre de acuerdo con el celebérrimo teorema de Tales: "Prohibido joder en los portales", la omnipresencia de la figura conocida como carabina hubiera, sin duda, impedido que las cosas llegaran a mayores. Dada mi condición masculina desconozco, en lo concreto, como calmaban las féminas la excitación producida, pero conozco muy bien la de los varones que tenía dos vías de escape generales, la más utilizada era , siguiendo el bíblico ejemplo de Onán , aprovechar el carácter de oponible que tiene nuestro dedo pulgar, dotando a nuestra mano de la capacidad de asir objetos animados o inanimados, con vida propia o dependiente de otros, capacidad que comparten con nosotros gorilas y chimpancés, un adecuado manejo de estas habilidades produce una más que satisfactoria reducción de la excitación, tiene este método indudables ventajas, nadie conoce mejor que uno mismo su propio cuerpo de manera que el encontrar el ritmo adecuado es algo prácticamente automático, por otra parte al no haber compañera, excepto en la mente del individuo, no existe el riesgo de que una rápida consecución de los objetivos deseados deje a medio camino los de la compañera de actividad, pero esto es algo a la que la sociedad, en general, prestaba escasa importancia en la época en la que el bisabuelo de nuestro protagonista estaba en plena forma. Tenía, está fuera de discusión, tan manual y artesanal método un inconveniente notable dada la particular idiosincrasia de los individuos de la especie humana con cromosomas XY, y esto es independiente de la identidad sexual del individuo en cuestión, de que sea hetero u homosexual. Todo individuo de la especie humana de sexo masculino, sólo ha llevado a buen puerto su actividad de índole sexual, si puede contárselo a un amigo, con los correspondientes adornos y exageraciones, esa es la razón fundamental por la que los varones pierden, dentro del matrimonio, gran parte de su apetito sexual, no va a ir uno contando lo que hace con su compañera en una institución tan sagrada y milenaria como el matrimonio, y es también la razón por la que los necesitados de acudir al vicio solitario, algo que generalmente no se cuenta a no ser que de que se trate de una inusual proeza, en cuanto tienen posibilidad, fundamentalmente económica, acuden a expertas meretrices que suelen colmar gran parte, nunca todas, de sus fantasías orientales, que son amplificadas con deleite añadido en tertulias de bares y casinos, siendo seguidos estos relatos con más interés de los contertulios que el relato del último gol del ídolo futbolístico local. A veces, y no son pocas, ocurre que el individuo está falto de presencia de ánimo, es de natural tímido y fácilmente impresionable por una mujer de las características de una profesional del sexo, por lo que comete el error de insuflarse valor con la ayuda del alcohol, este error, la alteración del orden que tan escrupulosamente guardaba don Tremebundo, provoca, ahora sí, la incompatibilidad entre Dionisio y Afrodita o entre Venus y Baco, si prefieren la mitología romana, mostrándose, a menudo, con toda su contundencia. Haya servido esta pequeña disertación sobre el uso y abuso de determinados servicios absolutamente prohibidos por la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, para ponernos en situación, para que tengamos conciencia clara del momento en que el bisabuelo de nuestro protagonista idea el negocio que años más tarde va a arruinar su nieto, y que en gran medida será el que marque el destino errabundo de su hijo, del hijo del nieto, del bisnieto, nuestro protagonista.

Que ningún malintencionado busque en lo anteriormente escrito ningún tipo de elogio hacia el uso de la profesión más vieja del mundo, algo absolutamente falso puesto que es anterior el oficio de macarra, macró o chuloputas, que es el que las obliga. Esta práctica, no por usual y extendida, tiene justificación, y no sólo está moralmente condenada, como he señalado antes, por la Iglesia , sino que también es contraria a la moral comunista que tiene en la libertad sexual uno de sus anclajes éticos más importantes.

Dejamos aquí a don Tremebundo con una resaca digna de nombre momentos antes de decidir a que iba a dedicar el resto de su vida.