No me he equivocado, confundiéndome con la película de
Jacques Demy, en la que siendo un mocoso me enamoré por primera vez de
Catherine Deneuve , a lo largo de mi vida me habré enamorado de ella unas ocho o diez veces pero siempre fue conmigo fría y distante llegando a preferir a
tipejos como
Roger Vadim (el tipo que más odio del mundo, sin discusión,
la Bardot ,la Deneuve y
la Fonda ¡hay que
joderse!) o
Marcello Mastroianni (del
mindundi con el que estuvo casado no recuerdo ni el nombre). Pero no estamos ahora, igual algún día os cuento algo sobre los mitos eróticos de mi infancia o adolescencia) en esos temas, ni adolescencia, ni cine. Estamos en
Edimburgo, y como intenté reflejar en el capítulo anterior pasándolo francamente bien, después de haber tenido algún que otro contratiempo de índole casi anecdótica. Y no sólo porque disfruté de los encantos de la ciudad y sus habitantes, claramente diferentes de los londinenses, sin tener nada que reprochar a estos ciudadanos, sino porque también disfruté de mi familia, algo que, por razones fácilmente imaginables, es más difícil de conseguir en la rutina diaria. Así pues pasaron los dias, que se hicieron cortos, y tuvimos que comenzar el camino de vuelta, es decir el
tour de force que había de conducirnos a
Bretaña, al mundo civilizado. Y después de despedirnos de nuestros hospederos, de volver a
Edimburgo, que volveremos, y si podemos, es más que probable que repitamos alojamiento, volvimos a nuestra primera residencia en Escocia, el aeropuerto, y como en este aeropuerto, en general en cualquier aeropuerto, puede pasar de todo creíamos llevar todo previsto, con el
trinitrotolueno que yo utilizo como
aftershave y el
tytadine que utiliza
Olga como desmaquillador, debidamente empaquetados en bolsas herméticas, y además, por si acaso ,lo incluímos en el equipaje a facturar, de manera que si estallaran, algo difícil porque los detonadores camuflados como cargadores de móvil los llevabamos encima, lo harían en la bodega del avión con lo cual los cadáveres serían mucho más reconocibles, ¡donde va a parar!, y el triste, penoso, lamentable y repugnante espectáculo que nos han ofrecido los medios de comunicación escritos y audiovisuales , incluidos los llamados
"serios", despues de la reciente tragedia de la T4 de
Barajas tendría que mitigarse un poco, aunque... ¡habría que verlo!. Una vez efectuado el
cheking y facturados los bultos gordos nos dispusimos, con sonrisa suficiente, a traspasar el control de entrada y...Para empezar la
imbécil que miró si el
careto que figuraba en el pasaporte concordaba con el que llevabamos correctamente colocados sobre los hombros, nos hizo quitarnos los zapatos, no sólo a nosostros sino
everybody, algo que hoy sé que es ilegal y que afortunadamente no sabía entonces, porque de saberlo la nueva actuación del cónsul de España hubiera sido para sacarme de la
Royal jail of Scotland , como llevábamos los explosivos facturados pasamos, descalzos pero pasamos,
Álvaro y yo, sin embargo
Olga fue retenida porque...¡el paraguas no tenía las medidas reglamentarias! Para cargarse de razón la uniformada estúpida nos mostró una buena cantidad de paraguas, que sin duda aspiraban a vender en el mercado negro como sofisticadas armas de ataque, a pesar de lo cual, y en una arbitraria decisión del COI, el paraguas no ha sido incluido junto al florete, la espada y el sable como especialidad de esgrima para
Londres 2012, ya que para PEKIN 2008 ( y pongo PEKIN por que me sale de mis santos cojones) es demasiado tarde. Por más que lo intento mi calenturienta, a veces, imaginación no consigue construir en la mente el
videoclip que representaría un comando
feyadin, formado por una pareja corta estatura, entrada en años y en kilos, que acompañada por un preadolescente con
brackets y granos, intenta secuestrar un avión a paraguazos, para instalar en él una bomba compuesta por
Gel de baño accionada por el cordón de un zapato. La cara de mi socia era un poema, yo que la conozco bien, en aquel momento no me habría atrevido a dirigirle la palabra ni para decirle lo guapa que estaba. Le preguntó al vejestorio que guardaba los paraguas requisados, si podría un vez facturado el equipaje
gordo, facturar también el paraguas y el carcamal, triste destino el suyo: a su provecta edad en lugar de haber alcanzado un merecido retiro se encontraba en el turno de las cuatro y media de la mañana requisando paraguas, respondió que sí, en vista de lo cual mi socia regresó a facturación, donde le dijeron que sí, pero como equipaje suplementario al precio de 20 £. Volvió y consiguió hacer
corro, porque a la vista de todo el mundo y mientras en correcto inglés se acordaba de los ancestros del personal del aeropuerto destrozó con un refinamiento propio de
Fu-Manchú el paraguas que con tanta ilusión había comprado. Había sido aquella una compra sentimental que la había transportado a los tiempos en los que, algo más joven, había vivido en
Edimburgo.A partir de ahí, comenzo nuestra carrera contra reloj. El avión nos depositó en
Gatwick a las ocho en punto de la mañana, de manera que a las ocho y diez estabamos en la cinta de equipajes, y los nuestros, sin paraguas, salieron los primeros. La primera etapa del viaje había transcurrido conforme al mejor de los horarios previstos, algo que yo no tenía muy claro después de haber visto la cara del piloto, con naricilla roja y una pinta sospechosa de que automóviles, al menos, no debería manejar. Además antes de despegar tenían la cabina abierta, y yo observaba que tanto el sobrecargo como una azafata intentaban que se encendiera una luz que no lo hacía, y que no sé si se terminó encendiendo porque cerraron la
antecabina (no sé si llama así) donde se encontraba el citado panel de luces y se pusieron a hacer las estupideces gestuales de rigor antes de despegar.
Una vez en
Gatwick, con el equipaje recogido( salió el primerito) y tras esperar aproximadamente diez minutos, hicimos nuestra segunda etapa, en taxi. Como el
taxi driver , a través del espejo retrovisor, veía mi cara de preocupación, estábamos en los momentos críticos (alguien con escaso dominio del español diría
álgidos) , nos preguntó a la hora que salía nuestro tren (gesto de amabilidad impropio de un londinense de pura cepa) y al contestarle que que a las 10:06 dijo que no habría problemas, y efectivamente no los hubo porque antes de las 9:30 estábamos en
London Paddington, claro que antes de tomar el tren teníamos que sacar el billete de
Álvaro, los nuestros los habíamos sacado de
ida y vuelta en
Plymouth, y había una cierta cola, no sabíamos, nos enteramos ya en marcha, que al tratarse de billetes sin reserva, lo que hizo que el viaje lo hicieramos separados, los podíamos haber adquirido, sin recargo, en el mismo tren.
El tren de vuelta, repitió los paisajes del tren de ida, pero a diferencia de aquel tuvo el detalle no acumular retraso alguno. Para que el viaje no fuese excesivamente monótono, la divina providencia, recuérdese que estaba en Inglaterra y allí soy ferviente anglicano, nos surtió de unos más que maleducados, impresentables ,
naughty children, que pedían a gritos que alguien, preferiblemente sus padres o tutores, le aplicaran la famosa, pero me temo que en desuso en cuanto a niños se refiere, disciplina inglesa en cualquiera de las modalidades de
soplamocos, sopapo, sornavirón o más escuetamente
un par de hostias bien dás. Pensé, en hacer voluntariamente tan agradable tarea pero o bien un sexto sentido, o directamente el sentido común hizo que, para evitar más lios, me lo acabara tomando con paciencia.
Llegamos a
Plymouth a las 13:10, cumpliendo rigurosamente el horario previsto, todo parecía indicar que nada podía interponerse en nuestro camino. De nuevo un taxi, este de los de 6 £ nos depositó en la términal de
Brittany Ferries. Pudimos, con toda tranquilidad, sacar nuestra tarjeta de embarque y comer antes de embarcar, algo que hicimos con toda tranquilidad porque a diferencia del avión, al barco puedes acceder si quieres con un AK-47, acrónimo de
Avtomat Kalashnikov modelo 1947 (del ruso
Автомат Калашникова образца 1947 года), que absolutamente nadie va a decirte nada. Mucho más cómodo, además de más romántico, ser pirata de barco que de avión. Además el pirata de barco tiene grandes posibilidades de sobrevivir si la cosa se pone
chunga. Una vez dentro del barco e instalados, mis socios no, pero yo sí, me fui a cubierta y desde allí contemplé el desatraque y la salida del puerto, algo que no había visto nunca porque el viaje de ida fue de noche y no era plan, y despues me retiré a mis aposentos donde, por fin, desacansé tranquilo. A las 22:00 atracamos en
Roscoff donde nos esperaban nuestros queridos amigos
Raymond y
Marie Christine, cuando vimos sus caras supimos que habíamos vuelto al siglo XXI, estábamos en Europa, en nuestra civilización.